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Romina Libster: "No hay que pensar en la vacunación como algo individual, sino colectivo".

Entre el 1° de enero y el 11 de este mes, en el continente americano se registraron 147 casos de sarampión: un brote en Disneylandia produjo 121 en los Estados Unidos; 21 en Brasil; cuatro en Canadá y uno en México. La reemergencia de una enfermedad que puede tener complicaciones y secuelas gravísimas, y para la que desde hace mucho existe una vacuna, puso en pie de alerta a los epidemiólogos. Paradójicamente, en los Estados Unidos, los mayores niveles de chicos sin vacunar se dan en las comunidades más ricas.


Para Romina Libster, médica pediatra e investigadora del Conicet en la Fundación Infant, que participó en la última edición de TEDx Rio de la Plata (http://bit.ly/1EbWLYk), esta actitud que pone en riesgo a toda la comunidad sólo puede explicarse como un efecto indeseado del gran éxito de las vacunas, la intervención de salud pública más efectiva después de la introducción del agua potable: "Como hace muchos años que no circulan en el país -dice-, hay personas (incluso entre los médicos) que ya no perciben a enfermedades como la polio o el sarampión como un peligro real".


Durante su residencia en Pediatría en el hospital Pedro de Elizalde, Libster tuvo la oportunidad de asistir a chicos devastados por enfermedades que hoy se previenen con vacunas. "Uno de los casos que más me golpeó fue el de una bebita hermosa, que se internó por un cuadro de infección respiratoria aguda -cuenta ella, que hizo un posdoctorado en la Universidad de Vanderbilt, donde funciona uno de los ocho centros de evaluación y testeo de vacunas de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos-.


Esa nena tenía tos convulsa, pero como apenas había cumplido un mes no había recibido la primera dosis de inmunización, estaba dentro del grupo vulnerable. Presentó un cuadro grave y murió. ¿Si todos los que la rodeaban hubieran estado vacunados, qué hubiera pasado? Son cosas que te hacen pensar."


-Doctora Libster, ¿qué le diría a alguien que no quiere vacunar a sus hijos?

-Que enfermedades como la gripe, la varicela, la polio o el sarampión hoy no son percibidas como un riesgo precisamente gracias a las vacunas, pero que para que esa protección sea efectiva no sólo hay que lograr altos niveles de inmunización, sino también mantenerlos. Que cuando te vacunás, te protegés vos y protegés a los demás; vacunarse es un acto de responsabilidad social.


-¿Cómo influye en la oposición a las vacunas la circulación de mitos e información falaz?

-Hoy la información inmediatamente se viraliza. Hace unos meses, una amiga publicó en Facebook un artículo de un blog que afirmaba que la triple viral se asociaba con el autismo. Aunque lo bajó una hora más tarde, al día siguiente se había compartido 44 veces y tenía cientos de Me gusta. El trabajo al que hacía referencia, un paper de 1998 publicado en la revista The Lancety firmado por un investigador británico, tenía una paupérrima validez científica. Innumerables fallas de diseño, estaba basado ¡en doce chicos!, se descubrió que había sido fraudulento y llevó a que al científico le revocaran la licencia médica. Luego, se hicieron decenas de estudios con cientos de miles de casos y no se pudo comprobar que hubiera una relación entre la vacuna y el autismo. La proliferación sin precedente de enormes cantidades de información exige de los que la reciben un ejercicio de pensamiento crítico para poder evaluar si lo que se lee tiene algún asidero o no.


-¿Por qué se produjo el brote del año pasado en Disneylandia?

-Por un chico no vacunado que lo transmitió, probablemente antes de tener síntomas. Hasta el 6 de febrero ya se había expandido a 17 estados. Hay que tener en cuenta que un virus que no circula en una comunidad puede estar en otra. En la Argentina, no hay virus autóctono de sarampión desde 2000, pero cuando fue el Mundial de Sudáfrica vinieron casos importados. Si la comunidad está vacunada, no pasa nada, no se propaga. Pero si cae en una comunidad cuyas tasas de vacunación están por debajo del número que se necesita para generar inmunidad colectiva, se disemina y se generan brotes. El de Disneylandia es el ejemplo perfecto de lo que pasa cuando dejamos de vacunarnos. El sarampión es una enfermedad extremadamente contagiosa. Si uno pone un caso en una comunidad susceptible, se disemina rapidísimo. Cada germen tiene un número de reproducción básica que indica cuántos casos secundarios puede haber en una población susceptible. El del sarampión es uno de los más altos: genera entre 12 y 18 casos secundarios. No sólo se transmite por via aérea, sino que además queda dos horas vivo en los objetos.


-¿Tiene algún fundamento el temor a la mezcla de vacunas?

-Hay muchísimos estudios con evidencias claras de que no hay ningún problema en que nos expongamos a muchas vacunas al mismo tiempo. Cuando el bebe sale de la panza de la mamá, que es un ambiente relativamente estéril, se encuentra con virus, hongos y bacterias, y el sistema inmune está preparado para enfrentarse con todo eso y defenderse. De hecho, un trabajo muy interesante comprobó que aunque uno esté expuesto a once vacunas a la vez, está usando una mínima parte de la capacidad de respuesta de su sistema inmunológico. También es importante tener en cuenta que hay que respetar el calendario de vacunación. Las vacunas sirven para proteger a los chicos en la edad en que son vulnerables y no, como plantea un movimiento de esquemas alternativos, si se dan espaciadamente.


-Otro punto controvertido es un conservante que se emplea en las vacunas multidosis, el timerosal. ¿Es seguro?

-El timerosal es un derivado del mercurio que se usa en algunas vacunas para preservarlas; por ejemplo, en las de la gripe. Se ha visto que en dosis bajas, menores al nivel de toxicidad, no tiene efectos adversos, pero hubo tanto revuelo, tanta controversia en torno de esta sustancia, que ahora hay muchas inmunizaciones libres de timerosal. Una vacuna tarda por lo menos diez años desde que se desarrolla hasta que puede utilizarse, por lo que no es sencillo eliminarlo inmediatamente de todas las fórmulas.


-Todo medicamento tiene efectos adversos. ¿Las vacunas también?

-Sí, la mayoría son leves y transitorios, como hinchazón o dolor en el brazo. Por eso, las vacunas son testeadas en miles y miles de personas. Incluso después de aprobarse, existe la vigilancia de los efectos adversos que, por ser tan poco frecuentes, no llegan a verse en los estudios. Los sistemas de vigilancia activa son muy importantes y pueden detectar estos problemas. Todos los países los tienen. Lamentablemente, hoy no se puede predecir quién va a hacer un efecto adverso y quién no, pero hay nuevas metodologías de investigación que tal vez dentro de diez años permitirán tener tests que nos indiquen por anticipado quién los padecerá. De todos modos, en el balance riesgo-beneficio de las inmunizaciones, la balanza se inclina marcadamente hacia el beneficio. Las vacunas no sólo previenen enfermedades, sino también discapacidades. Tal vez una persona no se muera de sarampión, pero puede llegar a tener complicaciones, como la panencefalitis esclerosante subaguda, que es un cuadro crónico neurológico devastador.


-¿También tienen contraindicaciones?

-Hay casos en los que no se pueden recibir vacunas. Por ejemplo, la del sarampión se da sólo al año de vida, de modo que todos los años tenemos 700.000 chicos que van a ser susceptibles durante doce meses. Si llega una persona infectada y entra en contacto con alguno de estos bebes, puede contagiarlo y tendrá posibilidades de tener una infección grave, ya que el sarampión puede desembocar en neumonía, encefalitis... En países en vías de desarrollo, entre un 3 y un 6 por ciento de las muertes infantiles se deben al sarampión. Tampoco pueden recibir ciertas vacunas las personas alérgicas, los que están en tratamiento médico, reciben quimioterapia o corticoides, o tienen las defensas muy bajas. A ellos, somos nosotros los que tenemos que protegerlos: cuando más del 95% de la población está vacunada estamos creando un escudo protector. Me parece perfecto que alguien opte por medicinas alternativas como complemento, pero hay decisiones que tienen que ver sólo con uno y otras que afectan al resto.


-¿Esa "inmunidad de rebaño" funcionó tras la vacunación contra la gripe A?

-Cuando fuela pandemia de 2009, estábamos entrando en la época invernal y súbitamente nos ganó la paranoia. La gente se agolpaba en las farmacias, compraba alcohol en gel, andaba en subte con barbijo. Era algo que yo nunca había visto. Con la Fundación Infant hicimos un estudio en seis hospitales de la provincia y de la capital que atendían a más de un millón de chicos para ver cómo se comportaba el nuevo virus. Analizamos a los 251 chicos que fueron internados. Identificamos los grupos de riesgo, que fueron los menores de cuatro años, los que tenían enfermedades crónicaso neurológicas... Pero lo más notable fue que tras las campañas de vacunación que hizo el ministerio, y con el 93% de estos grupos de riesgo vacunados, al año siguiente no hubo ni un chico internado por H1N1 en estos hospitales. Hay que pensar en la vacunación no como algo individual, sino colectivo. Es un mensaje solidario. Cuando uno se vacuna, no sólo se protege a sí mismo, sino también al otro. Ahora miralo al revés: cuando uno no se vacuna, no sólo se pone en riesgo, sino que también pone en riesgo al otro. No todas las vacunas son ciento por ciento efectivas. Con una dosis de la antisarampionosa hay un 95% de eficacia; con dos, un 99%. Pero hay un 1% que tal vez no genere defensas. La inmunidad colectiva protege no sólo a las personas que no se pueden vacunar, sino también a las que sí se vacunan, pero en las que la inmunización tal vez no hace efecto.


-¿Alguna vez le tocó ver un efecto adverso de una vacuna?

-Nunca. Pero sí vi a muchos chicos gravísimos por enfermedades que hoy se pueden prevenir.

Bio

Profesión: médica pediatra e investigadora

Edad: 36 años

Formada en la UBA, hizo un posdoctorado en la unidad de evaluación y testeo de vacunas de la Universidad de Vanderbilt. Es investigadora del Conicet. En la Fundación Infant, estudia infecciones respiratorias, como el asma.


Por Nora Bar- La Nación


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